Mostrando postagens com marcador amor. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador amor. Mostrar todas as postagens

terça-feira, 1 de abril de 2014

Límites

(Fragmento del libro de ensayos sociales "Caminando en la Luz" de Juan Carlos Quiroga)



La vida tiene estos reveses, que nunca van a dejar de sorprenderme, asimilar los problemas y buscarles el equilibrio de la solución, entre la perdida, dolorosa, de lo conseguido, y la ganancia, complaciente, de lo perdido.

Es en esta singularidad subjetiva del espacio temporal, que transcurren las cosas y se modifican los preceptos, cuando, de repente, una figura abstracta de nuestro recuerdo, nos arranca una lagrima de alegría profunda, deseable y podemos amar, muy profundamente, más allá de todo contacto físico, transmutando lo épico y cronológico, en algo tangible y real, llevándolo al extremo de contagiarlo en subliminales gestos espirituales de nuestro comportamiento, que debido al limite verbal del idioma, queda en el momento inconcluso de la incertidumbre, porque solo el contacto expresivo de todos nuestros sentidos sumado al verbo, nos puede mostrar un bosquejo de esta inflexión, que simplemente puede morir en un acto tangencial, como un beso, y nunca más ser, pero eso ya es hablar de reencarnación.







A vida tem estes reveses, que nunca deixarão de me surpreender, assimilar os problemas e buscar o equilíbrio da solução, entre a perdida, dolorida, do alcançado, e a ganância, complacente, do perdido.

É nesta singularidade subjetiva do espaço temporal, que transcorrem as coisas e se modificam os preceitos, quando, de repente, uma figura abstrata de nossa lembrança, nos arranca uma lágrima de alegria profunda, desejável e podemos amar, muito profundamente, além de todo contato físico, transmutando o épico em cronológico, em algo tangível e real, levando-o ao extremo de contagiá-lo em subliminares gestos espirituais de nosso comportamento, que devido ao limite verbal do idioma, fica no momento inconcluso da incerteza, porque somente o contato expressivo de todos nossos sentidos somado ao verbo, pode nos mostrar um esboço desta inflexão, que simplesmente pode morrer em um ato tangencial, como um beijo, y nunca mais ser, mas isso já é falar de reencarnação.
 









terça-feira, 18 de março de 2014

Relacionamentos a distância



Problemas de pareja en las relaciones a distancia

 Aunque pueda parecer el título de una novela rosa,  culebrón o de una película de sobremesa en un fin de semana algo aburrido, el acto de “amar en la distancia” es más habitual de lo que podamos pensar, sobre todo en momentos de grandes movimientos migratorios, cuando las personas deciden dejar su lugar de origen para buscar nuevas oportunidades o bien pasan largas temporadas fuera de su casa.

 Las parejas se eligen por razones propias de cada persona y estas relaciones llevan asociadas ciertas circunstancias.  En el caso que nos planteamos de las relaciones a distancia, la imposibilidad de ver a la pareja cuando se desea o necesita es la característica que mejor define a este tipo de relaciones.
Este artículo pretende hacer una reflexión sobre este fenómeno, a partir de las experiencias planteadas en la consulta psicológica, y que cada vez es habitual en nuestra sociedad globalizada. Las personas en algún momento de su vida pasan de una forma u otra por esta situación. Se repasarán los problemas comunes que pueden surgir, sus razones y al final se propondrá consejos para poder subsanar estos problemas.



El amor es un vínculo emocional y afectivo
que nos une a la otra persona.

El amor hacia la pareja es un vínculo emocional que nos une a la otra persona cuando vemos en ella o en él aspectos que valoramos: características intelectuales, emocionales, éticas y también físicas y sexuales. Estimamos a la otra persona por las cualidades que posee y es esa admiración lo que nos hará tener actitudes de cuidado, protección, preocupación y sobre todo de querer compartir momentos de nuestra vida con la persona a la que valoramos.

Es en las relaciones a distancia cuando ese deseo de compartir nuestra vida  no se puede llevar a cabo. Cuando se piensa en ello y se toma conciencia de lo que implica esta situación, muchas veces hay una amalgama de sentimientos y emociones que dificultan el día a día de la relación.  La construcción de una relación de pareja puede ser en ciertos momentos difícil y complicada, pero quizá en la distancia se multiplican estas complicaciones, llegando a periodos de crisis que pueden dañar la relación.


En las relaciones a distancia se pueden complicar los problemas de pareja

En general si nos fijamos en los problemas que más suelen malograr las relaciones de pareja nos encontramos con: los celos, la incomunicación, los conflictos sin resolver, la rutina, los desacuerdos en las responsabilidades de la convivencia, la educación de los hijos cuando los hay…Pero no solo serán los problemas de la convivencia los que afectarán a la relación, sino que los problemas personales  dificultan el entendimiento con la otra persona. El miedo al compromiso, la falta de autoestima, la dependencia, la inseguridad o las necesidades personales no resueltas deterioran la relación con la otra persona, aunque uno/a mismo/a no sea consciente de ello. Es en las relaciones a distancia donde más sale a la luz esas dificultades  personales, esa carga existencial que cada uno/a lleva consigo, y que en ciertos casos deseamos que la otra persona nos ayude a soportarla. Si bien los problemas que suelen surgir en las relaciones a distancia serían muy diversos (dependiendo de cada caso particular) para concretar podemos resumirlos en:

1)      Sentimiento de frustración y enfado: por la imposibilidad de estar cerca de la otra persona. Este sentimiento puede que sea de forma inconsciente y en ciertos momentos podemos incluso “culpar” a nosotros/as mismos/as o  a la otra persona por esa situación.
Razón por la que sentimos esto: Una de las necesidades psicológicas básicas del ser humano es ser consciente de su propia existencia, saber que uno/a existe. Esto lo consigue la persona “viéndose” a sí mismo/a, desde una mirada psicológica. Pero en muchas ocasiones las personas necesitan de quienes le rodean para “verse”, para captarse y reconocerse. Quizá la pareja sea la persona en la que más esperanzas ponemos  para sentirnos vistos tal y como somos; y si en este caso nuestra pareja está en la distancia, muchas veces, aunque no seamos conscientes de ello, caeremos en cierta negatividad en la relación por sentir que “no nos ve”, que no nos capta tal y como somos, que en ciertos momentos por las formas de comunicación somos invisibles ante él o ella. Esta es una de las razones por las que podemos sentir cierto enfado o frustración en la relación (aunque como veremos a continuación habrá otras razones).
Posibles soluciones: Es necesario no sentir vergüenza a expresar los sentimientos, a decir que se echa de menos a la otra persona, que se la quiere, que se piensa en ella. Si en las relaciones de pareja se necesitan estas afirmaciones, en las relaciones a distancia la expresión de los sentimientos ayuda a confiar y asegurar ese vínculo psicológico. No podemos ver a la otra persona directamente pero si la podemos “reconocer” como alguien importante.


2)      Inseguridad o duda: Muy relacionado con lo anterior (la frustración y el enfado suelen estar asociadas a la inseguridad o el miedo), es sentir una inseguridad al no poder contar con nuestra pareja. Este sentimiento aparecerá sobre todo en los momentos personales complicados y se asociará a esa imposibilidad de estar junto a quien se ama.
Razón por la que sentimos esto: Quizá por la educación recibida y por los valores culturales que predominan respecto a las relaciones de pareja, es común concebir a la pareja como alguien que nos ayuda a soportar nuestra carga existencial.  La distancia imposibilita  poder apoyarnos en la otra persona y esto  hace que nos sintamos en ciertos momentos solos/as e inseguros/as, hecho que también nos frustra y enfada. Además se puede llegar a deducir que si la otra persona no está a nuestro lado es porque realmente no nos quiere, olvidando las circunstancias y las razones de esa imposibilidad de convivencia.
Posibles soluciones: Como decíamos anteriormente cada uno/a debe llevar una carga existencial por el hecho de vivir. Cada persona necesita resolver sus problemas personales o sus dificultades. Concebir a la pareja como un apoyo fundamental hace que por nosotros/as mismos/as no busquemos soluciones y no nos desarrollemos. La pareja es alguien que nos acompaña en nuestra vida pero no alguien a la que podamos delegar nuestra responsabilidad de existir. Cuanto más confiemos en nosotros mismos, más confianza habrá en la pareja, aunque haya momentos en que no pueda ayudarnos o no esté a nuestro lado para “arroparnos”.

3)      Pesimismo y desánimo: Parece que nuestro futuro en esta situación está puesto en duda, como si no hubiera esperanzas de conseguir la felicidad junto a la pareja.


Razón por la que sentimos esto: Toda persona necesita vivir con propósitos. Igual que en los trabajo o en la vida en general se buscan logros, en las relaciones de pareja se necesita saber que se está avanzando hacia un futuro posible. Cuando hay una parada o bloqueo en ciertos aspectos de la relación, como es en la convivencia, la persona puede sentir que no hay un futuro posible con la pareja.
Posibles soluciones: Por una parte es bueno plantear de forma abierta cómo ve cada parte de la pareja el tipo de relación que se quiere construir. Quizá haya diferencias en aspectos fundamentales y es bueno que se hable cuanto antes. Por otra parte es necesario tener un proyecto común con un tiempo y nos plazos acordados por la pareja. El establecer este proceso puede que sea lo más complicado a resolver en estas situaciones. Proponer el cómo (en forma de acciones concretas) y el cuándo se va poder compartir la vida (una fecha aproximada a tener en cuenta) ayuda a superar momentos de frustración, pesimismo y desánimo.

4)      Problemas de comunicación: La comunicación que suele ser escrita, por teléfono, o en el mejor de los casos por videoconferencia, puede llevar a malos entendidos o incomprensiones.

En la comunicación hay que tener en cuenta el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal. En la comunicación de las relaciones a distancia suele fallar el lenguaje no verbal.
Razones por las que ocurre esto: En toda comunicación hay un lenguaje verbal (el contenido, las palabras) y un lenguaje no verbal (el tono, la emoción, el gesto de la cara, la mirada,…). Captar ambos lenguajes hace que comprendamos el significado y el sentido de la comunicación. Pero cuando no hay posibilidad de captar el lenguaje no verbal por el tipo de comunicación (e-mail, por teléfono,…) puede ocurrir que la comunicación se interprete de forma errónea, ya que proyectamos más nuestros deseos, miedos o expectativas en una comunicación escrita o por teléfono que en la comunicación directa. No poder ver la cara de la otra persona imposibilita interpretar el mensaje completo y podemos caer en el error de poner lo que falta desde las inseguridades, miedos o frustraciones antes mencionadas.
Posibles soluciones: Por una parte cuando ocurren estas incomprensiones hay que ser conscientes de lo que nos pertenece a nosotros y qué pertenece a la otra persona.  Si somos conscientes y lo tenemos en cuenta, no interpretaremos nuestros miedos e inseguridades como falta de preocupación o desinterés en la otra persona. Por otra parte podemos ayudarnos de las nuevas tecnologías como la videoconferencia para apaliar las dificultades de las comunicaciones que no permiten ver el lenguaje no verbal. Si vemos que  la comunicación escrita o por teléfono dificulta el entendimiento es necesario utilizar estas nuevas vías más completas.
Miedo, inseguridad, frustración, enfado, pesimismo, desánimo o incomprensión suelen ser los problemas que aparecen en las relaciones a distancia.  En definitiva como hemos visto, además de mejorar la comunicación, expresar los sentimientos, proponer un proyecto en común, las relaciones de pareja a distancia necesitan un mayor trabajo personal para no caer en los problemas comunes de las parejas pero que con la distancia se multiplican y se llegan a hacer muy complicados. Comprender lo que nos pasa, confiar en la relación y resolver aquellos problemas que pueden ir surgiendo en el camino, sin apartar la vista o sin querer olvidarse de ellos, ayudará a construir una fuerte relación aunque sea en la distancia.
Autor: Sergio Delgado Somodevilla. Psicólogo terapéuta
Bibliografía:
  • Fromm, E. (1959). El arte de amar. Paidos. Barcelona
  • Branden, .N. (2009) Psicología del amor romántico. Paidos. Barcelona

domingo, 23 de fevereiro de 2014

Cuerpo



El cuerpo tiene formas de comunicar que no son substituidas por nada y nunca serán. Y el amor, en todas sus facetas, lo escoge como su mensajero.




sábado, 22 de fevereiro de 2014

Casamento e Amor

GOLDMAN, Emma. “Marriage and love” in: Anarchism and Other Essays. New York: Dover Publications, 1969. p. 227.

Emma Goldman – Casamento e Amor

Publicado em setembro 29, 2010


CASAMENTO E AMOR
EMMA GOLDMAN

A noção popular em torno do casamento e do amor é a de que eles são sinônimos, que eles afloram das mesmas razões e preenchem as mesmas carências humanas. Como tantas outras noções populares, também esta não repousa em fatos concretos, mas sob superstições.

Casamento e amor não possuem nada em comum; estão tão apartados como pólos; e de fato, são antagônicos entre si. Sem dúvidas, certos casamentos são resultado do amor. Entretanto, não é porque o amor só se afirma em casamento; é antes porque poucas pessoas conseguem superar completamente uma convenção. Para um grande número de homens e mulheres hoje em dia, o casamento nada é senão uma farsa, mas a ele se submetem por amor à opinião pública. Em todo caso, enquanto é verdade que certos casamentos baseiam-se no amor e enquanto é igualmente verdade que certas vezes o amor continua durante a vida conjugal, eu sustento que isso se dá independentemente do casamento e não devido a ele.

Por outro lado, é completamente falso que um casamento possa resultar em amor. Um caso milagroso se faz ouvir, em raras ocasiões, de cônjuges se apaixonarem depois de já estarem casados, mas num exame minuncioso encontraremos aí um mero ajuste ao inevitável. Certamente a habituação mútua estará bem distante da espontaneidade, da intensidade e da beatitude do amor, sem os quais a intimidade do casamento se revelaria degradante para ambos homem e mulher.
O casamento é em primeiro lugar um arranjo econômico, um contrato de seguro. Só difere do contrato comum precisamente naquilo que este tem de mais compulsório, de mais exigente. Os retornos são insignificantemente pequenos se comparados ao investimento. Quando contratamos uma apólice de seguro, pagamos por ela em dólares e centavos, mas sempre nos resta a liberdade de descontinuar o pagamento. Contudo, se o prêmio do seguro for um marido, a mulher pagará por isso com o seu nome, com a sua privacidade, com a sua auto-estima e com sua própria vida “até que a morte os separe”. Além do que, o contrato do casamento a condena a uma dependência vitalícia, ao parasitismo, a completa inutilidade individual bem como social. O homem paga também a sua parte, mas como sua esfera é maior, o casamento não o limita tanto como à mulher. Ele sente suas correntes pesarem mais num sentido econômico.

E assim o mote do Inferno de Dante se aplica ao casamento com a mesma força. “Deixai toda esperança, ó vós que entrais!”.

Somente alguém coompletamente estúpido negaria que o casamento é um fracasso. Basta relancear a vista sobre as estatísticas do divórcio para compreender como é verdadeiramente amargo um casamento fracassado. Tampouco o argumento filisteu estereotipado, o da lassidão das leis do divórcio e o da crescente frouxidão da mulher, dará conta do fato de que: em primeiro, cada décimo segundo casamento termina em divórcio; segundo, que desde 1870 os divórcios cresceram de 28 para 73 a cada população de cem mil; terceiro, que o adultério, desde 1867, como causa do divórcio cresceu 280.7 por cento; quarto, que a deserção aumentou em 369.8 por cento.
Somado a estes números surpreendentes, há ainda um vasto material dramático e literário melhor elucidando o assunto. Robert Herrick, em Together; Pinero, em Mid-Channel; Eugene Walter, em Paid in Full, e dezenas de outros escritores estão discutindo a aridez, a monotonia, a sordidez, e a inadequação do casamento como fator de harmonia e entendimento.

O estudioso social sério não se contentará com a superficial desculpa popular para este fenômeno. Ele terá de escavar a vida mesma dos sexos profundamente adentro para conhecer o porque de o casamento revelar-se tão desastroso.

Edward Carpenter diz que, por detrás de todo casamento, persiste uma ambiência vitalícia dos dois sexos; ambiências tão diferentes entre si que homem e mulher permanecem estranhos. Separados por uma muralha intransponível de superstição, costume, e hábito, o casamento não tem a potencialidade de desenvolver o conhecimento e o respeito mútuo, sem o que toda união está destinada ao fracasso.
Henrik Ibsen1, o inimigo de toda farsa social, foi provavelmente o primeiro a conceber esta grande verdade. Nora largou o marido, não porque – como queria a crítica estúpida – estaria cansada de suas responsabilidades ou sentia a necesidade dos direitos da mulher, mas porque veio saber que, durante oito anos convivera com um estranho e agora deu a luz a uma criança sua. Pode haver qualquer coisa de mais humilhante, de mais degradante do que a proximidade vitalícia entre dois estranhos? Não é preciso que a mulher conheça nada do homem, salvo sua renda. Quanto ao conhecimento da mulher – o que há para se conhecer exceto se ela possui uma boa aparência? Não superamos ainda o mito teológico de que a mulher não possui alma, que ela é meramente um apêndice do homem, feita de sua costela apenas para sua conveniência, este que de tão forte ficara com medo da própria sombra.
Porventura da má qualidade do material, donde a mulher tornou-se responsável por sua própria inferioridade. Em todo caso, mulher não tem alma – o que há para se conhecer nela? Além do que, quanto menos alma tem uma mulher, maior seu tino para esposa, o mais prontamente irá absorver-se ao marido. É essa servil aquiescência à superioridade do homem que manteve a instituição do casamento aparentemente intacta por um tempo tão longo. Mas agora que a mulher está vindo a si, agora que ela está cada vez mais consciente de si como um ser exterior à graça do mestre, a sagrada instituição do casamento gradualmente vai sendo minada, e nenhum bocado de lamentação sentimental poderá evitá-lo.

Quase que desde a infância, é dito às garota comuns que o casamento é o seu objetivo final; portanto seu treino e sua educação têm de ser direcionados para esse fim. Como a besta muda na engorda, vai sendo preparada para o abate. Mas para ela, estranho dizer, é permitido conhecer muito menos sobre sua função como esposa e mãe do que para o artesão comum sobre seu ofício. Para uma garota respeitável, é indecente e imundo conhecer qualquer coisa da relação marital. Oh, pela incoerência da respeitabilidade, requerer votos de casamento para tornar algo imundo no mais puro e sagrado arranjo que ninguém ousa questionar ou criticar. Mas é exatamente esta a atitude do entusiasta comum do casamento. A futura esposa e mãe é mantida na mais completa ignorância em torno de sua única inclinação no campo competitivo — o sexo. E assim ela entra numa relação vitalícia com um homem para ver-se chocada, repelida e ultrajada além da medida por seu instinto mais saudável e natural, o sexo. É seguro dizer que uma grande percentagem da infelicidade, miséria, aflição e sofrimento físico do matrimônio se devem à ignorância criminosa em matéria de sexo que anda sendo exortada como uma grande virtude. Tampouco é de todo um exagero quando digo que devido a este fato deplorável, mais de um lar foi desfeito.

Entretanto, se a mulher for livre e grande o bastante para aprender sem a sanção do Estado ou da Igreja o mistério do sexo, será condenada como absolutamente imprópria para ser esposa de um “bom” homem, sua bondade consistindo de um cérebro vazio e uma carteira cheia. Poderia haver alguma coisa mais ultrajante do que a idéia de que uma mulher saudável, em plena idade, cheia de paixão e vida, ter de negar as exigências da natureza, ter de reprimir seu desejo mais intenso, minar sua saúde e quebrantar seu espírito, ter de aturdir sua visão e abster-se da profundidade e da glória da experiência do sexo, até que venha um “bom” homem para tomá-la como esposa? É precisamente isto o que significa o casamento. Como poderia um arranjo como este terminar exceto em fracasso? Este é apenas um fator, embora não o menos importante, que diferencia o casamento do amor.
A nossa era é prática. O tempo em que Romeu e Julieta arriscaram-se à fúria dos pais por amor, em que Gretchen expõs-se ao falatório dos vizinhos por amor, já era. Se, em raras ocasiões, pessoas jovens se permitem à luxúria do romance, em seguida os mais velhos cuidam para que, após pregados e martelados, se tornem “sensatos”.

A lição moral instilada na garota não é a de se o homem arrebatou o seu amor, mas: o “Quanto?”. O único Deus importante da vida prática americana: o homem consegue ganhar a vida? Consegue sustentar uma esposa? Esta é a única coisa que justifica o casamento. Gradualmente isto de todo satura o pensamento da garota; seus sonhos já não são de luares e beijos, risos e lágrimas; agora sonha em ir às compras e às boas pechinchas. Tal sordidez e pobreza da alma são elementos inerentes à instituição do casamento. O Estado e a Igreja aprovam esse ideal e não outro, simplesmente porque esse é o ideal que necessita que o Estado e a Igreja controle homens e mulheres.

Indubitavelmente há as pessoas que continuam considerando o amor superior a dólares e centavos. E isto é particularmente verdade para a classe daqueles cuja necessidade econômica forçou a que se auto-sustentassem. A tremenda mudança na posição da mulher operada por este poderoso fator é, de fato, fenomenal quando refletimos que há só um curto período desde o ingresso da mulher na arena industrial. Seis milhões de mulheres assalariadas; seis milhões de mulheres com direitos iguais aos homens de serem exploradas, roubadas, ir à greve, e ai, até mesmo de passar fome. Algo mais, my lord? Sim, seis milhões de trabalhadoras em todas as ocupações, desde o mais elevado trabalho intelectual até as minas e ferrovias, até mesmo detetives e policiais. Com certeza a emancipação está completa.

Apesar disso tudo, só um número muito pequeno do vasto exército das mulheres trabalhadoras enxerga o seu trabalho como situação permanente, na mesma luz que um homem o faz. Não importa quão decrépito seja este último, ele foi ensinado a ser independente, a se auto-sustentar. Oh, eu sei que ninguém é verdadeiramente independente em nossa moenda econômica; e mesmo o espécime mais miserável de homem odeia ser um parasita; ou, em todo caso, pelo menos ser reconhecido como tal.

A mulher considera transitória sua posição como trabalhadora, a ser deixada de lado pelo primeiro pretendente. É este o porque de ser infinitamente mais difícil organizar mulheres do que homens. “Porque devo me filiar a um sindicato? Vou me casar, ter um lar”. Ela desde a infância não foi ensinada a enxergar isso como sua convocação última? Ela aprende cedo o bastante que, apesar de não tão grande como a prisão de uma fábrica, o lar tem portões e grades ainda mais sólidas. Possui um guardião tão fiel que nada lhe pode escapar. A parte mais trágica, entretanto, é que o lar não a liberta da escravidão assalariada; apenas aumenta seus afazeres.

De acordo com as mais recentes estatísticas submetidas diante de um Comitê “em torno do trabalho, salários e congestão da população”, apenas em Nova York, dez por cento das trabalhadoras assalariadas são casadas, ainda que continuem no trabalho mais mal pago do mundo. Some a esta visão horrível o peso do serviço doméstico e o que resta da proteção e da glória do lar? Como matéria de fato, até a garota classe-média não pode falar sobre um lar seu no casamento, desde que é o homem que cria sua esfera. Não é importante se o marido é um bruto ou um doce. O que desejo provar é que o casamento só garante um lar à mulher pela graça do marido. Ela gira em torno do lar dele, ano após ano, até que sua visão de vida e de relações humanas se torne tão rasa, estreita, e tediosa, como seu entorno. Pouco admira se ela vir a ser resmungona, trivial, arengueira, faladeira, insuportável, e expulsando assim o homem da casa. Se ela quisesse, não poderia ir; não há lugar para onde ir. Além do que, um curto período de vida conjugal, de completa rendição de todas as faculdades, incapacita absolutamente a mulher comum para o mundo exterior. Ela se torna indiferente à aparência, desajeitada em seus movimentos, dependente em suas decisões, covarde em seu julgamento, um fardo e um aborrecimento, cuja maioria dos homens cresce para odiar e desprezar. Atmosfera maravilhosamente inspiradora para o desenrolar da vida, não?

Mas e a criança, como será protegida sem o casamento? Afinal de contas, não é esta a consideração mais importante a se fazer? A farsa, a hipocrisia! O casamento protegendo a criança, mas centenas de crianças abandonadas e sem lar. O casamento protegendo a criança, mas orfanatos e reformatórios lotados, a Sociedade pela Prevenção de Crueldade a Criança ocupadíssima resgatando as pequenas vítimas dos pais “amorosos”, para colocá-las sob cuidados aindamais amorosos, como os da Gerry Society2. Oh, mas que pilhéria!

Pode até ser que o casamento leve o cavalo até a água, mas conseguirá fazer com que a beba? A lei coloca o pai na detenção,  veste-o com uniforme penitenciário; mas alguma vez matou a fome de seus filhos? Se o pai não tem emprego, ou se oculta sua identidade, o que faz então o casamento? Invoca a lei para levar o homem à “justiça”, colocá-lo em segurança atrás dos portões fechados; seu trabalho, no entanto, não vai para criança, mas para o Estado. A criança só recebe uma memória enferrujada das listras do pai.

Com relação à proteção da mulher — aí reside a verdadeira maldição do casamento. Ele não as protege em absoluto, e essa idéia mesma é tão revoltante  quanto um ultraje e um insulto à vida, tamanha degradação ele promove à dignidade humana, que se declara para sempre esta instituição como parasitária.

Bem como aquele outro arranjo paternalista — o capitalismo. Rouba os direitos do homem, aturde seu crescimento, envenena seu corpo, o submete à ignorância, à pobreza, à dependência, e então vai e promove caridades que vingam sobre os últimos vestígios do auto-respeito humano.

A instituição do casamento faz da mulher uma parasita completa, uma dependente absoluta. Incapacita-a para a luta da vida, aniquila a sua consciência social, paralisa a sua imaginação, e então vai e concede sua graciosa proteção que na realidade é meramente uma armadilha, travestida de caráter humano.

Se a maternidade é a mais elevada realização da natureza da mulher, que outra proteção exigiria além de amor e liberdade? O casamento só contamina, ultraja, e corrompe esta realização. Não é ele que diz à mulher: somente darás à luz se me seguires? Não é ele que a degrada e a humilha quando ela se recusa a vender-se junto com seu direito à maternidade? Não é o casamento apenas uma sanção para a maternidade, até mesmo quando a criança é concebida por ódio, por compulsão? Mas quando a maternidade é fruto da livre escolha, do amor, do êxtase, da paixão desafiante, não é o casamento que vai e encrava uma coroa de espinhos numa cabeça inocente e grafa em letras de sangue o epíteto hediondo de Bastardo? Posto que o amor contivesse o casamento todas as virtudes alegadas, seus crimes contra a maternidade bastariam para excluí-lo eternamente do reino do amor.

Amor, o mais forte e mais profundo elemento de toda a vida, o anunciador da esperança, da alegria, do êxtase; amor, o desafiador de todas as leis, de todas as convenções; amor, o libérrimo, poderosíssimo modelador do destino humano; como pode uma força que a tudo compele ser sinônimo daquela pobre erva daninha gerada pela Igreja e o Estado, o casamento?

Amor livre? Como se o amor pudesse ser de outro modo que não livre! O homem comprou cérebros, mas todos os milhões de cérebros do mundo fracassaram em comprar o amor. O homem subjugou corpos, mas todo o poder na terra foi incapaz de subjugar o amor. O homem conquistou nações inteiras, mas todos os seus exércitos não conseguiram conquistar o amor. O homem agrilhoou e acorrentou e o espírito, mas é absolutamente indefeso diante do amor. Do alto dos trono, com todo o esplendor e a pompa que o ouro pode comandar, o homem ainda é pobre e desolado se o amor não o perpassa. Mas quando o amor permanece, o casebre mais pobre irradia calor, cor e vida. E assim, o amor possui o poder mágico de tornar um mendigo em um rei. Sim, o amor é livre; não pode habitar outra atmosfera. Em liberdade se dá sem reservas, abundantemente, completamente. Todas as leis nos estatutos, todos os tribunais do universo, não podem arrancá-lo da terra, uma vez que o amor finque suas raízes. Entretanto, se o solo é estéril, como poderia o casamento fazê-lo fruir? Seria como a última luta desesperada da fugacidade da vida contra a morte.

O amor não precisa de proteção; ele é sua própria proteção. Tão logo vidas sejam geradas pelo amor, nenhuma criança é desertada, passa fome ou vontade de afeto. Que isto é verdade, eu o sei. Conheço mulheres que se tornaram mães em liberdade dos homens que amaram. Poucas crianças na relação aproveitam o cuidado, a proteção e a devoção que a maternidade livre é capaz de conceder.
Os defensores da autoridade temem o advento da maternidade livre, com receio de que ela roube suas vítimas. Quem combateria nas guerras? Quem geraria a riqueza? Quem faria o papel do policial, do carcereiro, se a mulher se recusasse à reprodução indiscriminada de crianças? A raça, a raça! – grita o rei, o presidente, o capitalista, o padre. A raça deve ser preservada, embora a mulher degradada à mera máquina reprodutora — e a instituição do casamento é a nossa única válvula de segurança contra o pernicioso despertar sexual da mulher. Mas em vão todos estes esforços frenéticos para perpetuar um estado de sujeição. Em vão, também todos os éditos da Igreja, o enlouquecido ataque dos governantes, em vão, até mesmo os braços da lei. A mulher já não quer mais tomar parte na reprodução de uma raça de seres humanos doentis, débeis, decrépitos, miseráveis, que não possuem nem a coragem nem a força moral para se libertarem de seus fardos de pobreza e  escravidão. Pelo contrário, ela deseja ter poucas crianças, mas crianças superiores, geradas e criadas no amor e pela livre escolha; não por compulsão, como imputa o casamento. Nossos falsos-moralistas ainda têm de aprender o profundo senso de responsabilidade com a criança que o amor em liberdade despertou no seio da mulher. Seria melhor renunciar para sempre a glória da maternidade do que dar à luz numa atmosfera onde só se pode respirar destruição e morte. E se ela se torna mãe, é para dar à criança o mais profundo e o melhor que seu ser pode oferecer. Crescer com a criança é seu mote; e ela sabe que somente desse modo é que pode ajudar a construir a verdadeira masculinidade e feminilidade.
Ibsen deve ter vislumbrado uma mãe livre, quando, num golpe de mestre, retratou Ms. Alving3. Ela foi uma mãe ideal por superar o casamento e todos os seus horrores, por romper suas correntes, e libertar o espírito para voar, até que uma personalidade, regenerada e forte, lhe retornasse. Ai! Foi demasiado tarde para recuperar sua alegria de viver, seu Oswald; mas não demasiado tarde para compreender que o amor em liberdade é a única condição para uma vida bela. Aquelas que, feito Ms. Alving, que pagaram com sangue e lágrimas por seu despertar espiritual, repudiam o casamento como uma imposição e uma pilhéria sem graça, de baixo nível. Elas sabem que apenas o amor, quer dure apenas um breve espaço de tempo ou dure pela eternidade, é a única base criativa, inspiradora e elevada para uma nova raça e para um novo mundo.

Em nosso presente estado pigmeu, para a maioria das pessoas, o amor é, de fato, um estranho. Incompreendido e evitado, raramente finca suas raízes, e quando o faz, tão logo seca e morre. Suas fibras delicadas não suportam o stress e a tensão do cotidiano maçante. Sua alma é complexa demais para ajustar-se à trama viscosa de nosso tecido social. O amor lamenta, sofre e chora por aqueles que dele precisam, mas carecem da capacidade de elevar-se aos seus cumes mais altos.

Um dia, um dia homens e mulheres se elevarão, eles alcançarão o pico da montanha, se encontrarão grandes e fortes e livres, prontos para receber, partilhar, e refestelar-se nos raios dourados do amor. Que fantasia, que imaginação, que gênio poético pode entrever, ainda que aproximadamente, as potencialidades de tal força na vida dos homens e mulheres. Se o mundo alguma vez dará à luz a verdadeira união e companheirismo, não será o casamento, mas o amor a concebê-lo.


Notas do Tradutor:
1.      Henrik Ibsen (1828-1906), literato escandinavo conhecido por sua tendência anarquista-individualista. A autora faz uma análise mais demorada da obra de Ibsen em seu livro “The Social Significance of the Modern Drama”. N. do T.
2.      Referência a New York Society for the Prevention of Cruelty to Children, reconhecida como a primeira instituição devotada à “proteção do menor” nos E.U.A., em atividade desde 1874. Gerry Society é um outro modo de referir-se à mesma instituição. N. do T.
3.      Ms. Alving é personagem de Ibsen na obra “Ghost”, uma análise desta obra e desta personagem encontra-se em livro já mencionado. N. do T.
Texto original: GOLDMAN, Emma. “Marriage and love” in: Anarchism and Other Essays. New York: Dover Publications, 1969. p. 227.

Tradução: José Paulo Maldonado de Souza